Cuentos escogidos de los Hermanos Grimm Juan el fiel

Cuentos escogidos de los Hermanos Grimm

Jacob Grimm & 2 others

Juan el fiel

Chapter 5 of 48 17 min aloud CC BY-SA 4.0

Había una vez un rey muy viejo que cayó malo. Conociendo que iba a morir, hizo llamar al fiel Juan, que era al que más quería de sus criados, y le llamaban así porque había sido fiel a su amo toda su vida. En cuanto llegó le dijo el rey: -Mi fiel Juan, conozco que se acerca mi fin: sólo me da cuidado la suerte de mi hijo; es todavía muy joven, y no sabrá siempre dirigirse bien; no moriré tranquilo si no me prometes velar por él, enseñarle todo lo que debe saber, y ser para él un segundo padre.

-Os prometo -respondió Juan- no abandonarle, y servirle lealmente, aunque me cueste la vida. -Entonces, ya puedo morir en paz -dijo el viejo rey-. Después de mi muerte le enseñarás todo el palacio, todas las cercanías, las salas, los subterráneos con las riquezas en ellos encerradas; pero no le dejes entrar en la última cámara de la galería grande, donde está el retrato de la princesa de la Cúpula de Oro, pues si ve este cuadro, experimentará hacia ella un amor tan increíble que le hará exponerse a los mayores peligros.

Procura librarle de esto. El fiel Juan repitió sus promesas, y tranquilo el viejo rey, inclinó su cabeza en la almohada y expiró. En cuanto dejaron en la tumba al anciano rey, Juan refirió a su joven sucesor lo que había prometido a su padre en el lecho de muerte. -Estoy dispuesto a cumplirlo -añadió-, y os seré fiel como lo he sido a vuestro padre, aunque me cueste la vida. En cuanto pasó el tiempo del luto, dijo Juan al rey: -Ya podéis conocer vuestra herencia.

Voy a enseñaros el palacio de vuestro padre. Le llevó por todo él, por lo alto y por lo bajo, y le enseñó todas las riquezas que llenaban las magníficas habitaciones, omitiendo sólo el cuarto en que estaba el peligroso retrato. Había sido colocado de tal manera que, en cuanto se abría la puerta, se le veía en seguida, y estaba tan bien hecho que parecía vivir y respirar y que nada en el mundo era tan hermoso ni tan amable. El joven rey vio desde luego que el fiel Juan pasaba siempre delante de esta puerta sin abrirla, y le preguntó el motivo.

-Es -respondió el otro- porque hay en el cuarto una cosa que os dará miedo. -Ya he visto todo el palacio -dijo el rey-, quiero saber lo que hay aquí. Y quería abrir por fuerza. El fiel Juan le contuvo diciéndole: -He prometido a vuestro padre, en su lecho de muerte, no dejaros entrar en este cuarto, de lo que podían resultar grandes desgracias para vos y para mí. -La mayor desgracia -replicó el rey- es que mi curiosidad no quede satisfecha.

No descansaré hasta que mis ojos lo hayan visto todo. No salgo de aquí hasta que me hayas abierto. El fiel Juan, viendo que no había medio de negarse, fue, lleno de tristeza el corazón y suspirando mucho, a buscar la llave entre las demás. En cuanto abrió la puerta, entró el primero, procurando ocultar el retrato con su cuerpo; todo fue inútil: el rey, levantándose sobre la punta de los pies, le vio por encima de sus hombros. Pero al ver aquella imagen de una joven tan hermosa y deslumbrante de oro y de pedrerías, cayó sin conocimiento en el suelo.

Levantole el fiel Juan y le llevó a su cama. -¡El mal está hecho! ¡Dios mío!, ¿qué va a ser de nosotros? Y le hizo tomar un poco de vino para que recobrase las fuerzas. La primera palabra del rey, cuando volvió en sí, fue preguntar de quién era aquel hermoso retrato. -El de la princesa de la Cúpula de Oro -respondió el fiel Juan. -El amor que me ha hecho concebir es tan grande -dijo el rey- que si todas las hojas de los árboles fueran lenguas, no bastarían para explicarle.

Mi vida depende en lo futuro de su posesión. Tú me ayudarás, tú que eres mi fiel criado. El fiel Juan reflexionó por largo tiempo de qué modo convenía arreglárselas, pues era muy difícil el presentarse delante de los ojos de la princesa. Por último, imaginó un medio, y dijo al rey: -Todo lo que rodea a la princesa es de oro; sillas, tazas, copas y muebles de todas clases. Vos tenéis cinco toneladas de oro en vuestro tesoro; hay que dar una a los plateros para que hagan vasos y alhajas de oro de todas hechuras; pájaros, fieras, monstruos de mil formas, en fin, todo lo que debe agradar a la princesa.

Nos pondremos en camino con estas joyas y procuraremos probar fortuna. El rey mandó venir a todos los plateros del país, y trabajaron noche y día hasta que todo estuvo concluido. Entonces lo embarcaron en un navío. Juan el fiel tomó el traje de comerciante y el rey hizo otro tanto para que nadie pudiera conocerle. Después se hicieron a la vela y navegaron hasta la ciudad en que habitaba la princesa de la Cúpula de Oro. El fiel Juan desembarcó solo y dejó al rey en el navío.

-Quizás -le dijo-, traeré conmigo a la princesa; procurad que todo esté en orden, que se hallen a la vista dos vasos de oro y que el navío esté adornado como para una fiesta. En seguida llenó su cinturón de muchas alhajas de oro y se fue derecho al palacio del rey. En cuanto entró, vio en el patio una joven que sacaba agua de una fuente con dos cubos de oro. Cuando se volvía para marcharse, distinguió al extranjero, y le preguntó quién era.

-Soy comerciante -le respondió. Y abriendo su cinturón, la enseñó sus mercancías. -¡Qué cosas tan bonitas! -exclamó. Y poniendo sus cubos en el suelo, se puso a mirar todas las joyas, una tras otra. -Es preciso -dijo- que vea todo esto la princesa: ella os lo comprará, porque la gustan mucho los objetos de oro. Y cogiéndole por la mano, le hizo subir al palacio, porque era una doncella. Gustaron tanto los diamantes a la princesa, que dijo a Juan:

-Está tan bien trabajado, que te lo compro todo. Mas este la contestó. -Yo no soy más que el criado de un comerciante muy rico; todo lo que veis aquí no es nada en comparación de lo que mi amo tiene en su navío: en él veréis las más preciosas y hermosas obras de oro. Quería que se las trajesen, pero Juan dijo a la princesa: -Hay muchas: se necesitaría mucho tiempo y mucho espacio; vuestro palacio no sería suficiente. Excitose más con esto su curiosidad, y exclamó por último:

-Pues bien, conducidme a ese navío, quiero yo misma ver los tesoros de tu amo. El fiel Juan la acompañó muy alegre al navío; y al verla el rey le pareció más hermosa todavía que su retrato; el corazón le saltaba de alegría; cuando subió a bordo la ofreció el rey la mano; durante este tiempo el fiel Juan, que se había quedado detrás, mandó al capitán levar el ancla y largarse a toda vela. El rey bajó con ella a la cámara y la enseñó una a una todas las piezas de la vajilla de oro, los platos, las copas y los pájaros, las fieras y los monstruos.

Pasaron así muchas horas y mientras estaba ocupada en examinarlo todo, no conoció que el navío estaba navegando. Cuando bubo concluido dio gracias al pretendido comerciante y se dispuso a volver a su palacio, pero al llegar al puente vio que estaba en alta mar, muy lejos de la tierra, y el navío navegando a todo trapo. -¡Me han vendido! -exclamó llena de espanto-. ¡Me han robado! ¡Caer en poder de un comerciante! ¡Mejor quisiera morir!

Pero el rey, presentándole la mano, la dijo: -Yo no soy comerciante, soy un rey, y de tan buena familia como la vuestra. Si os he robado con una astucia, no lo atribuyáis más que a la violencia de mi amor. Es tan grande, que cuando he visto vuestro retrato por primera vez, he caído sin conocimiento al suelo. Estas palabras consolaron a la princesa, se conmovió su corazón y consintió en casarse con el rey. Mientras navegaban en alta mar, el fiel Juan, estando un día sentado en la popa del navío, distinguió en el aire tres cornejas que vinieron a colocarse delante de él.

Escuchó lo que decían entre sí, pues comprendía su lenguaje. -¿Conque se lleva ya a la princesa de la Cúpula de Oro? -decía la primera. -Sí -respondió la segunda-, pero no es suya todavía. -Cómo -dijo la tercera-, ¿pues no está sentada a su lado? -¿Qué importa? -repuso la primera-; cuando desembarquen presentarán al rey un caballo alazán, él querrá montarle; pero si lo hace, el caballo se lanzará a los aires con él y no volverán a tener noticias suyas.

-¿Pero se puede evitar eso? -dijo la segunda. -Sí -contestó la primera-, siempre que otra persona se lance sobre el caballo, y cogiendo una de las pistolas que lleva en la silla le deje muerto en el acto. Así se librará el rey. Pero ¿quién puede saber esto? Además de que el que lo sepa y lo diga será convertido en piedra desde los pies hasta las rodillas. La segunda corneja dijo a su vez. -Yo sé algo más todavía; aun suponiendo que muera el caballo, el joven rey no por eso poseerá a su prometida.

Cuando entren juntos en palacio, le presentarán al rey en una bandeja una magnífica camisa de boda que parecerá tejida de oro y de plata, pero que no es en realidad más que de pez y azufre; si el rey se la pone se quemará hasta la médula de los huesos. -¿No hay ningún recurso para evitarlo? -dijo la tercera. -Hay uno -respondió la segunda-. Es preciso que una persona, provista de guantes, coja la camisa y la eche al fuego. Quemada la camisa se salvará el rey.

Pero ¿de qué sirve esto, si el que lo sepa y lo diga se convertirá en piedra desde las rodillas hasta el corazón? La tercera corneja añadió: -Yo sé algo más todavía; aun en el caso de que quemen la camisa, no poseerá el rey a su prometida. Si hay baile en la boda y baila en él la reina, se desmayará de repente y caerá como muerta, y lo quedará en realidad si no hay alguien que la levante en seguida y la chupe tres gotas de sangre que la saldrán en el hombro derecho, las que escupirá en seguida.

Pero el que lo sepa y lo diga será convertido en piedra desde la cabeza hasta los pies. Después de esta conversación echaron a volar las cornejas. El fiel Juan que las había oído, comenzó desde entonces a ponerse triste y silencioso. Callar era exponer al rey a una desgracia, pero hablar era buscar su propia perdición. Al fin se dijo: -Salvaré a mi señor, aunque me cueste la vida. Al desembarcar sucedió todo lo que había dicho la corneja.

Presentaron al rey un magnífico caballo alazán. -Voy a montar en él -dijo- para ir a palacio. E iba a meter el pie en el estribo, cuando, pasando por delante de él el fiel Juan saltó encima, sacó la pistola de la silla y tendió al caballo muerto. Los otros criados del rey, que no amaban mucho al fiel Juan, dijeron que era preciso ser loco para matar un animal tan hermoso y que iba a montar el rey. Pero el rey les dijo: -Callad, y dejadle obrar; su lealtad es a toda prueba, y habrá tenido sus razones para hacerlo así.

Llegaron a palacio y en la primera sala hallaron colocada en un azafate la camisa de boda, que parecía ser de oro y de plata. Iba el príncipe a tocarla pero el fiel Juan le desvió, y cogiéndola con guantes la arrojó al fuego, que la consumió en el mismo instante. Los demás criados se pusieron a murmurar. -¡Qué atrevimiento! -dijeron-. ¡Ha quemado la camisa de boda del rey! Pero el joven rey insistió todavía. -Sin duda tiene sus razones; dejadle obrar, pues su lealtad es a toda prueba.

Celebráronse las bodas. Hubo un gran baile, y la novia comenzó a bailar. Desde aquel momento el fiel Juan no la perdió de vista. De repente sintió como debilidad, y cayó muerta en el suelo. Arrojose sobre ella en seguida, la levantó y la llevó a su cuarto; y allí, echándola en la cama, se inclinó sobre ella y la chupó tres gotas de sangre del hombro derecho, que escupió en seguida. En el mismo instante volvió a respirar y recobró el conocimiento; pero el joven rey que lo había visto todo y que no comprendía la conducta de Juan, acabó por incomodarse y le mandó prender.

Juan el fiel fue al día siguiente condenado a muerte y conducido al cadalso. Estando subido ya en la escalera, dijo así: -Todo hombre que va a morir puede hablar antes de su fin. ¿Se me da permiso para ello? -Te lo concedo -dijo el rey. Entonces refirió cómo había oído en el mar la conversación de las cornejas, y cómo todo lo que había hecho era necesario para salvar a su amo. -¡Oh, mi fiel Juan! -exclamó el rey-; te perdono, hacedle bajar.

Pero a la última palabra que había pronunciado Juan el fiel, cayó sin vida, convertido en piedra. La reina y el rey lo sintieron mucho. -¡Ay! -decía el rey-, tanta abnegación ha sido muy mal recompensada. Hizo llevar la estatua de piedra a su alcoba, cerca de su lecho, y siempre que la veía, repetía llorando: -¡Ah, mi fiel Juan, quién pudiera volverte la vida! Al cabo de algún tiempo, la reina dio a luz dos hijos gemelos que crio felizmente y que fueron la alegría de sus padres.

Un día en que la reina estaba en la iglesia; y los dos niños jugaban en el cuarto con su padre, se dirigieron sus ojos a la estatua y no pudo dejar de repetir todavía, suspirando: -¡Ay, mi fiel Juan, por qué no he de poder salvarte la vida! Pero la estatua, tomando la palabra, le dijo: -Puedes si quieres, sacrificando lo que tienes más querido. -Todo cuanto tengo en el mundo -exclamó el rey-, lo sacrificaré por ti. -Pues bien -dijo la estatua-; para que recobre la vida tienes que cortar la cabeza a tus dos hijos y frotarme de arriba a abajo con su sangre.

El rey palideció al oír esta terrible condición, pero pensando en la abnegación de este fiel criado que había dado su vida por él, sacó su espada y con su propia mano cortó la cabeza de sus hijos y frotó la piedra con su sangre. La estatua se reanimó en el mismo instante, y Juan el fiel se presentó delante de él vivo y sano. Pero entonces dijo al rey: -Todo sacrificio por mí tendrá su recompensa. Y tomando las cabezas de los niños las colocó sobre sus hombros y frotó sus heridas con su sangre: en el mismo momento volvieron a la vida y se pusieron a saltar y a jugar, como si no hubiera sucedido nada.

El rey estaba lleno de alegría. Cuando supo que había vuelto la reina, hizo ocultarse a Juan y a sus hijos en un armario grande. En cuanto entró la preguntó: -¿Has rezado en la iglesia? -Sí -le contestó-, he pensado constantemente en el fiel Juan, tan desgraciado por causa nuestra. -Querida mujer -la dijo-, podemos volverle la vida, pero nos costará la de nuestros hijos. La reina palideció y se oprimió su corazón; respondió sin embargo:

-Le debemos ese sacrificio a causa de su abnegación. El rey contento de ver que había pensado como él, fue a abrir el armario, e hizo salir al fiel Juan y a los dos niños. -Gracias a Dios -añadió- le hemos salvado y tenemos nuestros hijos. Y refirió a la reina lo que había pasado, y vivieron todos juntos muchos años.

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Contents

Cuentos escogidos de los Hermanos Grimm

  1. 01 Al lector 3 min
  2. 02 Las tres hilanderas 4 min
  3. 03 Los regalos de los gnomos 6 min
  4. 04 El hijo ingrato 1 min
  5. 05 Juan el fiel 17 min
  6. 06 El judío en las espinas 9 min
  7. 07 El rey de las ranas 8 min
  8. 08 La reina de las abejas 5 min
  9. 09 Hermanito y hermanita 14 min
  10. 10 El pobre y el rico 1 min
  11. 11 Blancanieve y Rojarosa 14 min
  12. 12 Ruiponche 8 min
  13. 13 La carga ligera 23 min
  14. 14 Rosa-con-espinas 8 min
  15. 15 Los músicos de Brema 8 min
  16. 16 La cenicienta (Grimm 15 min
  17. 17 El pescador y su mujer 15 min
  18. 18 Los dos compañeros de viaje 24 min
  19. 19 Dios te socorra 2 min
  20. 20 El señor Sabelo-todo 8 min
  21. 21 Juan en la prosperidad 11 min
  22. 22 El hombre de la piel de oso 12 min
  23. 23 Juanita y Juanito 6 min
  24. 24 El joven gigante 17 min
  25. 25 El oso y el reyezuelo 5 min
  26. 26 Los doce cazadores 6 min
  27. 27 El sastrecillo valeroso 19 min
  28. 28 El festín celestial 3 min
  29. 29 Los tres pelos de oro del diablo 15 min
  30. 30 Tom Pouce 12 min
  31. 31 El dinero llovido del cielo 2 min
  32. 32 Los tres herederos afortunados 4 min
  33. 33 Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo 21 min
  34. 34 La madre vieja 2 min
  35. 35 La ondina del estanque 13 min
  36. 36 Los tres ramos verdes 5 min
  37. 37 Los seis compañeros que lo consiguen todo 12 min
  38. 38 La liebre y el erizo 7 min
  39. 39 El huso, la lanzadera y la aguja 6 min
  40. 40 El abuelo y el nieto 2 min
  41. 41 La mesa, el asno y la vara maravillosa 21 min
  42. 42 Los tres hermanos 4 min
  43. 43 La sepultura 8 min
  44. 44 La manirrota 1 min
  45. 45 Los enanos mágicos 7 min
  46. 46 La hija de la Virgen María 10 min
  47. 47 Los huéspedes importunos 5 min
  48. 48 Por faltar un clavo 2 min